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Acerca de la creación del Instituto Nacional de Revisionismo Histórico Argentino e Iberoamericano “Manuel Dorrego”

03/12/2011

En un decreto fechado el 17 de noviembre del corriente año, el Poder Ejecutivo Argentino estableció la creación del Instituto Nacional de Revisionismo Histórico Argentino e Iberoamericano “Manuel Dorrego”, siguiendo el pedido de “un grupo de destacados historiadores argentinos” encabezados por Mario O’Donnell.  De acuerdo al texto del decreto, el Instituto tendría la finalidad de “estudiar, investigar y difundir la vida y la obra de personalidades y circunstancias destacadas de nuestra historia que no han recibido el reconocimiento adecuado en un ámbito institucional de carácter académico, acorde con las rigurosas exigencias del saber científico”.

Posteriormente, un grupo de investigadorxs e historiadorxs puso en circulación una carta en la que se cuestionaba esta iniciativa, considerando ante todo que ésta olvidaba que “En los últimos treinta años la historiografía argentina ha producido abundante conocimiento sobre diferentes períodos, procesos y figuras, incluyendo todas las que menciona el decreto como ‘relegadas’ “.  Además, se cuestiona la perspectiva llamada “revisionista” por sus procedimientos historiográficos, y se advierte finalmente que a través de esta medida el actual gobierno buscaría imponer una única visión de nuestro pasado, lo que “conspira contra el desarrollo científico y  la circulación de diversas perspectivas historiográficas, a la vez que avanza hacia la imposición del pensamiento único, una verdadera historia oficial”.

La prensa nacional se ha hecho eco de la discusión y ha salido en apoyo de cada una de las partes, en innumerables artículos y comentarios.  Mientras tanto, pueden leerse en el Boletín Oficial el Decreto 1880/2011 y aquí la carta presentada por Hilda Sábato y Mirta Zaida Lobato, entre otrxs.

Se trata, sin dudas, de una polémica muy próxima al trabajo que hacemos en el marco del grupo Metahistorias, y por ello hemos optado por abrir una discusión aquí para aportar al debate público.

5 comentarios dejar un →
  1. 05/12/2011 12:14

    Buenas .Creo , desde mi poca experiencia, que el gobierno claramente entiende el juego de la historia y su uso; por lo leido en el decreto, tiene muy claro la importancia de la manipulación del discruso y de las formas. Entonces, a partir de aqui hay que discutir con el gobierno o el instituto, lo que sea, debemos aprovechar mas que nunca la importancia de escritos de gente como Heidegger hasta Derrida, este es el momento de dejar ser y no entablar una discusión con el Instituto defendiendo una “ciencia” historica. Si miran el decreto de formación del ministerio de ciencia y tecnologia, en sus bases ya se venia anunciando todo esto, sacando recursos a lo social por no ser “productivo”. En fin debemos ser más inteligentes y dejar de ir atras siempre, no se repitan los mismos errores, no nos lamentemos tarde. No pienso defender el Instituto pero tampoco las intenciones cientistas. Es el momento de recuperar el analisis del discurso, la relatividad de las formas y su manipulación, y antes que nada de liberar a la historia de las “ciencias” y acercarla a la filosofia. Saludos.
    Norberto.

  2. María Inés La Greca Enlace permanente
    06/12/2011 11:43

    Me sumo a la discusión con un breve aporte. Me encuentro fascinada por la cantidad de artículos periodísticos y segmentos de programas de televisión dedicados al debate alrededor de la creación del mencionado Instituto de Revisionismo Histórico. Me parece claro que este debate tiene varias aristas. Entre ellas, una es obvia, innegable: se trata de una oportunidad más de manifestación de intelectuales, investigadores, periodistas, etc., en apoyo o en rechazo al kirchnerismo y su programa político global. Es decir, la discusión acerca del decreto y el instituto creado está siendo tomada como un terreno más de disputa entre posiciones a favor y en contra de nuestro actual partido político gobernante. Este debate no me parece menos importante. Pero quisiera señalar otra arista que, sin dejar de cruzarse con la anterior, me resulta igual o más interesante. Se trata de una perspectiva de la discusión que creo que intersecta, más aún, que atraviesa profundamente la línea de investigación llevada adelante (desde su inserción académica en la UBA, la UNTREF y el CONICET) por este grupo, METAHISTORIAS – proyecto de investigación en “Nuevas Filosofías de la Historia” dirigido por la Dra. Verónica Tozzi, Investigadora Independiente del CONICET. Esa arista es la constituida por la pregunta acerca de la relación entre historia académica y esfera pública. ¿Cuál es el vínculo, si es que hay alguno, entre la producción de “conocimiento histórico” (realizada de manera institucionalizada en las universidades públicas nacionales y en instituciones públicas de investigación) y la circulación de relatos en nuestra sociedad? Creo que el interesantísimo debate público generado a partir de la creación de este instituto ha patentizado, en primer término (respecto de esta arista), la necesidad de repensar esta misma pregunta. ¿Cuál es el vínculo entre la creencia de que la historiografía seria, confiable, fundamentada, es la producida por los historiadores académicos, y la constatación – que este debate hace aún más perceptible – de que la entera vida social y política de un país está atravesada por narraciones? ¿Se trata de narraciones falsas, simplificadoras, ideológicas (en el sentido peyorativo en que suele usarse este término) que deberían ser “corregidas” o “iluminadas” por la historiografía “autónomamente” (?) producida por profesionales? ¿Se trata de narraciones “manipuladas” por fuerzas políticas de turno? ¿Hay alguna decantación de lo producido académicamente y lo que circula socialmente? ¿Hay algún interés de que la función cognitiva del historiador sea también entendida como una función social y no como un mero diálogo “entre especialistas”? Creo que estas son algunas de las preguntas que estallan alrededor de la cuestión o, mejor dicho, de “la historia en cuestión”.
    En este sentido (y esto es meramente una sugerencia de lectura, aunque creo que hay mucho más discutir y más aportes para estudiar y analizar) creo que la intervención de María Pía López a través de un artículo periodístico publicado en el diario “Tiempo Argentino” es una muy interesante (http://tiempo.infonews.com/notas/historia-cuestion#.TtpM4OY5w4I.facebook). López presenta una perspectiva crítica del debate mostrando que lo que está en cuestión es quién y cómo se producen los relatos nacionales. Acuerdo con ella en que esos relatos existen, son necesarios para la vida social, y deben ser tanto producidos como criticados. Cito dos párrafos centrales de su artículo: “Desde hace unos años, se preserva la palabra historiografía para mencionar los estudios e historia para aludir a los sucesos. Pero el léxico no alcanza para disociar algo que no puede disociarse, aun entre los más confiados militantes del dato positivo: y eso es que el relato sobre el pasado, las interpretaciones, son constitutivos, interiores, a los hechos del presente. Incluso cuando se pretendan a sus espaldas, la propia renuencia los vuelve actores de una escena a la que desdeñan. Las sociedades requieren la narrativa del pasado. Ya sea bajo la forma de memoria, de símbolos comunes, de relatos escolares o de texturas míticas”
    Más adelante, agrega este comentario que creo que también capta el punto central del debate: “La historia académica contemporánea –que produce interesantes líneas de interpretación, dentro de las instituciones universitarias y de investigación que no pueden señalar el apoyo estatal como escuálido– ha tratado de aliviarse de los sayos anteriores y producir un conocimiento menos apremiado por las pretensiones del presente.
    No quiso ser revisionista pero tampoco mitrista. Y quizás en esa negación que le abrió caminos productivos en la renovación historiográfica, está su dificultad para incorporarse a los debates contemporáneos. Porque cuando lo hace, como puede verse en la carta de Hilda Sábato, Juan Suriano y Mirta Lobato –y en la suerte de adhesión que a sus argumentos hace Beatriz Sarlo en La Nación–, realiza un ademán escandalizado e interpreta una discusión sobre las narraciones pertinentes o deseables sobre el pasado como una amenaza totalitaria o un peligro. Luego de los muchos intentos de autonomizar el campo historiográfico y de considerar rota la doble herencia liberal/revisionista, cuando deciden intervenir, lo hacen comprendiendo la historia como moral y previendo una relación inmediata y profunda entre los relatos y los hechos políticos. Pero si creían esto, ¿por qué tanta prescindencia de esfuerzos en desplegar narrativas complejas capaces de interpelar no sólo al lector experto sino al ciudadano, narrativas capaces de conjugarse con la vida pública argentina?”
    María Pía López es integrante de Carta Abierta y este artículo apareció en el diario “Tiempo Argentino”, claramente favorable al kirchnerismo. Sin embargo, invito a la lectura del artículo completo porque creo que López logra hacer lo que debería poder hacerse en este debate cruzado por partidismos pero también por cuestiones ideológicas o éticas en un sentido más amplio: piensa críticamente qué concepciones de la función social de la historia están en juego. Esto excede la coyuntura política contemporánea de la Argentina, pero justamente porque la excede, esta coyuntura se vuelve una oportunidad viva y apasionante para formular esta pregunta.

  3. 06/12/2011 20:42

    Retomo algo que decía María Inés, para dejarles mi pequeño aporte a este debate: frente a la creación del Instituto Nacional de Revisionismo Histórico, se nos vuelve a imponer la pregunta por la relación entre la Historia académica y la esfera pública. Esta discusión hay que darla, y particularmente creo que hay que pensar la relación entre la circulación de narraciones de la sociedad y la Historia de la universidad, pero no creo que la creación del Instituto Revisionista venga a generar un vínculo más transparente entre la historiografía y los relatos que circulan en la sociedad. Me parece romántico pensar que el Instituto Revisionista pueda generar este cambio: Felipe Pigna con sus eternas esencias que vinculan a San Martín con el Che Guevara y Mariano Moreno, con su búsqueda del “gen argentino” ¿qué tipo de relato puede formular? Y no es una cuestión de que los historiadores iluminados vengan a llenar de luz a la sociedad, pero tampoco de que este tipo de narración tenga un valor por el solo hecho de haber sido producida al margen de la universidad.
    Para mí, el debate más importante en este caso se da a nivel, no de la relación entre espacio público e Historia académica, sino entre Estado, espacio público e Historia académica. Creo que la investigación debe ser independiente del gobierno, si hace falta investigar la historia de la Vuelta de Obligado se pueden generar más becas para estos proyectos: pero la investigación debe ser independiente. Está claro que el gobierno entendió muy bien el juego de la Historia, como dice Norberto, eso no me parece criticable, me parece maravilloso. Pero hacer un Instituto de Investigación que no sea independiente del gobierno, es ver a todo el aparato de Estado funcionando a la manera de 1880.
    Respecto de las múltiples notas que salieron en los medio de comunicación, creo que María Pía López, no se da cuenta que cuando critica al CONICET por bajar puntos a las publicaciones sin referato, está cayendo en una trampa: defender que haya narraciones históricas en la sociedad que se hagan al margen de la universidad, dar paso a los relatos alternativos, entender que el conocimiento sólo se construye en de manera colectiva, se logra alentando la investigación independiente, y esto no tiene por qué significar que baje la “calidad” de lo que se está proponiendo.

  4. 07/12/2011 18:26

    Se. Esta bueno lo que dicen chicas, pero a lo que voy es que alla ellos. Si uno esta firme en su propuesta de trabajo hay que darle para adelante y no caer en las discusiones eternas sobre lo publico , lo autonomo, lo que sea. El Estado necesita confgurar su pasado y establecer una hegemonia con su relato; la Universidad seguira inmiscuida en su afan cientifico, y sin olvidar las criticas que lleva a cabo a las nuevas tendencias. Entonces, sabemos que todos estas instituciones necesitan excluir para formar su identidad, que hagan lo que quieran, el decreto es claro y coherente, de que nos sorprendemos?. El discurso esta muy bien armado, el Estado la tiene bien clara con respecto al significante y el significado, sino observen hasta los diseños currticulares o diversas circulares. Hay un manejo de las formas que no es para nada inocente.

    “Agarré al vuelo esa idea y me valí a toda prisa de las primeras palabras que se me ocurrieron para retenerla y que no se me escapara. Pero la aridez de mis inapropiadas palabras mató la idea, que ahora está colgada de ellas y bamboleándose.Cuando la considero, apenas me explico cómo tuve la suerte de agarrar ese pájaro.” (Nietzsche)

  5. 08/12/2011 19:34

    Existen varios malentendidos en las repercusiones que ha tenido la reciente creación del Instituto de revisionismo histórico. Una de las más importantes, según mi parecer, es aquélla que le reprocha al reciente Instituto una potencial falsificación o mitologización de la historia, dotando al término “mito” de todo el significado peyorativo que pueda tener desde los griegos, opuesto a una verdad rigurosamente determinada.

    Sabemos desde hace tiempo que una de las dimensiones de la verdad es la que la relaciona con el poder, es decir, con la capacidad discursiva de visibilizar e invisibilizar objetos, determinando los criterios históricos (es decir espacio y temporalmente determinados) que permiten distinguir lo verdadero de lo falso. Una lectura malintencionada de los considerandos del decreto de creación del Instituto parecería querer oponer la narración de la historia académica, rigurosamente establecida según las reglas de la ciencia de la historia, a una narración revisionista o neo-revisionista de la historia, liviana, engañosa, “maniquea”. Carente del rigor que la disciplina histórica requiere. Esta lectura desvía, a mi entender, el espíritu de la propuesta, escondiendo tras la fachada del saber la dimensión política del problema que la creación del Instituto de revisionismo le plantea. No se trata de historia científica vs. historia diletante, sino de plantear seriamente la cuestión sobre la circulación de la historia en la esfera pública. La importancia social de la apropiación narrativa del pasado como precondición para configurar un futuro posible. De ahí que se prevean en el decreto premios a ensayos, obras de divulgación, etc.

    Una objeción atendible es también la que reprocha la intervención del estado en la producción del saber histórico. Hay cierta ironía en esta afirmación en boca de aquéllos que seguramente no desconocen que la ciencia de la historia le debe su misma existencia al Estado (con mayúscula). Y es que una mínima historización de la disciplina histórica nos muestra en ella una narración legitimadora de la expansión imperialista de unos pocos países europeos durante el siglo XIX. Basta con pensar en Hegel y en su exclusión de América de la historia. De modo que un estado que promueva cierta narración de la historia no debería escandalizar a nadie. Sin embargo, que haya sucedido en el pasado no legitima que suceda en el presente. Es decir, que algunos estados imperialistas hayan fundado la disciplina histórica no supone necesariamente que en el presente le deba seguir cantando al poder. Pero en este caso tampoco ocurre de este modo. El actual gobierno no representa -desde el estado- el poder dominante de la misma manera que el revisionismo no representa la narración del pasado del status quo. Al contrario, se trata de abrir el juego de la interpretación histórica fomentando al mismo tiempo el empoderamiento social sobre el pasado.
    ¿Por qué, entonces, tanta alarma en que el gobierno a través del estado cree un Instituto histórico acorde con sus afinidades ideológicas? Lejos está la historia de ser un terreno políticamente neutral, a pesar de la objetividad que pueda lograrse en el tratamiento de las fuentes y la determinación de los acontecimientos. El margen interpretativo que toda narración histórica posee sirve al mismo tiempo como un marco de determinación de los sujetos y de articulación de un futuro posible. Lo que se discute al discutir el pasado es la posibilidad de configurar un futuro. Y esto siempre se hace desde un presente.

    Lo que está en juego entonces en la discusión por la creación del Instituto no es la verdad o la falsificación de la historia, sino la disputa por la “correcta” narración del pasado, que se ha traducido en la disputa por una historia debidamente legitimada en ciertos organismos e instituciones. Digo “correcta” porque se insiste en desviar hacia ciertos mecanismos institucionales la validez de unas narraciones en lugar de otras. Pero el decreto no pretende clausurar instituciones sino crear una nueva, que en el mejor de los casos será complementaria de las antiguas y, en el peor, las ignorará o se opondrá a lo producido por ellas. Si se percibe un “peligro” en esto no es porque se reanimen las fuerzas totalitarias contra la libre producción del conocimiento histórico, sino que lo que se pone en discusión es la circulación misma de dicho conocimiento.

    El revisionismo, además, jamás fue una corriente uniforme de análisis histórico. Más bien, se trató de una polifonía de discursos sobre el pasado que tenían algunos puntos en común pero que respondían a diversas concepciones ideológicas, muchas veces opuestas. De este modo, el revisionismo de los hermanos Irazusta no es igual al de Abelardo Ramos, ni el de Scalabrini Ortíz es igual al de Rodolfo Puiggrós. Incluso un personaje como Ezequiel Martínez Estrada, reconocidamente antiperonista y antipopular, se nutrió del clima de ideas del revisionismo para escribir su obra monumental: Radiografía de la Pampa. La variedad y calidad de estas apropiaciones del pasado es también diversa y su relevancia historiográfica puede ser discutible. Sin embargo, es indiscutible su valor como instrumento de interpretación de la realidad social y acicate para la acción, de la misma forma que no clausura la narración de la historia en una sola versión sino que las multiplica.

    Tulio Halperín Donghi en un ensayo titulado “El revisionismo histórico argentino como visión decadentista de la historia nacional” interpreta al revisionismo menos como una “corriente historiográfica” que como un “género literario”, cuya vigencia “parece entonces deberse sobre todo a una infinita capacidad de adaptación al temple cambiante de capas crecientes de opinión pública despertadas gradualmente a los problemas del presente y el pasado argentinos por una crisis que no deja de ahondarse” (1996: 124) . Este texto escrito en 1984 tiene plena vigencia hoy, pero no por los motivos que señalaba Halperín, el fondo decadentista del revisionismo y el carácter negativo de la literatura revisionista, sino porque plantea la cuestión de fondo que justamente ahora se soslaya: pensar el pasado para discutir el presente. Además, sería también un buen momento para revisar la posibilidad de que la literatura informada históricamente pueda ofrecer un conocimiento socialmente relevante, significativo y valioso del pasado.

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